Queridos todos:
Les dejo las lecturas que no terminamos a ver la clase pasada. Presten atención los elementos que conforman cada poema/retrato.
En
tanto que de rosa y d’azucena
se
muestra la color en vuestro gesto,
y
que vuestro mirar ardiente, honesto,
con
clara luz la tempestad serena;
y en tanto que’l cabello, que’n la vena
del
oro s’escogió, con vuelo presto
por
el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el
viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el
dulce fruto antes que’l tiempo airado
cubra
de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo
lo mudará la edad ligera
por
no hacer mudanza en su costumbre.
Garcilaso
De
pura honestidad templo sagrado,
cuyo
bello cimiento y gentil muro,
de
blanco nácar y alabastro puro
fue
por divina mano fabricado;
pequeña puerta de coral preciado,
claras
lumbreras de mirar seguro
que
a la esmeralda fina el verde puro
habéis
para viriles usurpado;
soberbio techo, cuyas cimbrias de oro
al
claro sol, en cuanto torno gira,
ornan
de luz, coronan de belleza;
ídolo bello a quien humilde adoro,
oye
piadoso al que por ti suspira,
tus
himnos canta y tus virtudes reza.
Góngora
Si
mis párpados, Lisi, labios fueran,
besos
fueran los rayos visüales
de
mis ojos, que al sol miraran caudales
ágilas,
y besaran más que vieran.
Tus bellezas, hidrópicos, bebieran,
y
cristales, sedientos de cristales;
de
luces y de incendios celestiales,
alimentando
su morir, vivieran.
De invisible comercio mantenidos,
y
desnudos de cuerpo, los favores
gozaran
mis potencias y sentidos;
mudos se requebraran los ardores;
pudieran,
apartados, verse unidos,
y
en público, secretos, los amores.
Quevedo
Si
a una parte miraran solamente
vuestros
ojos, ¿cuál parte no abrasaran?
Y
si a diversas partes no miraran,
se
helaran el ocaso o el Oriente,
El mirar zambo y zurdo es delincuente;
vuestras
luces izquierdas lo declaran,
pues
con mira engañosa nos disparan
facinorosa
luz, dulce y ardiente.
Lo que no miran ven, y son despojos
suyos
cuantos los ven, y su conquista
da
a l’alma tantos premios como enojos.
¿Qué ley, pues, mover pudo al mal jurista
a
que, siendo monarcas los dos ojos,
los
llamase vizcondes de la vista?
Quevedo
Alma
Venus, madre y diosa,
dame
gracia en disponer
las
partes que ha de tener
para
ser la dama hermosa,
que sin tu gracia y favor
poco
valdrá mi escritura,
siendo
tú de la hermosura
diosa,
y madre del Amor.
En el ordinario hablar
ha
de ser tan amorosa,
que
entre grave y melindrosa
sepa
cierto modo hallar.
No ha de ser flaca ni gruesa,
sino
llena, bien cumplida,
de
dulce carne fornida
juntamente
blanda y tiesa.
Blanca no tan demasiado
que
descolorida esté,
mas
que tenga un no sé qué
de
vivo color mezclado.
Las
mejillas quieren ser
ni
hundidas, no levantadas,
de
sangre y leche mezcladas,
tocadas
de rosicler.
Las tetas lisas y tiesas,
firmes,
redondas, menudas,
que
como manzanas duras
puedan
ser a manos presas.
La canal que se derriba
por
entre ellas ha de ser
clara,
que se deje ver
por
abajo desde arriba.
Las caderas relevadas
tanto
de carne cubiertas
que
de acudir muy dispuestas
no
dejen de ser pesadas.
Y las que quedan tras ellas,
redondas
por tal compás
que
levanten lo demás
cargando
el cuerpo sobre ellas.
El vello negro y sutil
que
del vientre está pendiente,
que
parezca propiamente
ébano
sobre marfil.
La parte a quien la Natura
puso
su nombre, cerrada,
no
baja ni levantada,
ni
muy llena de verdura.
Anónimo
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